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martes, 9 de diciembre de 2008

El olor de las hormigas

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-¿Luís? ¡Luís! ¿Las hormigas gritan?
-No sé…
-¿Quieres saber?
-No. Las hormigas huelen mal. Pican y después te pica.
-Vente, quiero saber si gritan…
-No. Déjame.
Una, dos, siete, veinte hormigas caminaban frente a él. Eligió una, cualquiera. La acorraló. Levemente aplastada la hormiga se acercó al piso frío, para ello extendió sus seis patas hacia los lados. Él se arrodillo en el suelo sin dejarla ir. Ella sintió su largo corazón palpitar. El sostuvo el peso de su cuerpo en una mano cada vez más fría. Ella sintió el peso de su mano cambiar, ahora sólo presionaba su abdomen. Él debió sentir el corazón latir. Ella, aturdida, quería vomitar. Él bajo la cabeza. Ella no podía correr con las patas pegadas el suelo. Su oreja estaba cerca. Su fin también. Apretó más. Ahora lo sentía en el medio. No conocía la anatomía de una hormiga. Se sintió a punto de explotar. Presionó más. Entonces lo escucho. Él no. Era sólo una pequeña herida. Él no lo notó. Apretó más. Primero el corazón, por que quedaba arriba. Apretó más. Luego el esófago, por que estaba en el medio. Se acercó más. Entonces el nervio. Lo vio, y se acerco más. Ya quedaba poco. Sacudió el dedo. Se separó en dos. Se llevo el dedo a la nariz.
-¿Y?
-¿Y qué?
-¿Las hormigas gritan?
-A lo mejor, pero bien bajito. Tenias razón Luís.
-¿Qué?
-Las hormigas huelen mal.